Cómo la eficiencia energética está en nuestro día a día (y no nos damos cuenta)


Ignacio Santelices, director ejecutivo de la Agencia de Sostenibilidad Energética (AgenciaSE).

En su libro “Energía y civilización”, Vaclav Smil cuenta cómo el hombre, al pasar a caminar en dos pies, liberó suficiente energía como para que esta se destinase al desarrollo del cerebro. Se puede decir que esa fue la primera acción de eficiencia energética (EE) de la humanidad y nos permitió estar en el lugar que estamos hoy. Volviendo a nuestros días, la EE es la forma más sostenible de cubrir nuestras necesidades energéticas, pues reduce emisiones, mejora la calidad de vida y aumenta la productividad.

De hecho, es tan importante hoy que a nivel mundial se espera que genere más reducciones de emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) que las energías renovables. Sin embargo, pese a todos los beneficios de la EE, esta enfrenta una serie de barreras que no permiten que se desarrolle en un entorno de mercado, lo que justifica la existencia de regulaciones que la apoyen.

Las viviendas construidas antes del año 2000 tienen tal nivel de filtraciones que todo su aire interior cambia cada 20 minutos. Por esto, el Minvu estableció un estándar obligatorio de EE que fue actualizado en 2007 y luego en 2017. Esto implica que, por ejemplo, una casa de 80 m2 construida antes de 2000 en el centro sur requiere casi $2.000.000 anuales en calefacción para lograr un nivel adecuado de confort térmico, versus $500.000 en una casa similar construida en 2018.

Cuando se estableció el primer etiquetado obligatorio de EE para refrigeradores, algunos equipos caían en categoría E (en escala de la A a la G) y, como no querían aparecer como productos ineficientes en el mercado, cambiaron la goma a la puerta de los refrigeradores.

Ese simple cambio, que probablemente no costó más de $10.000, permitió subir a categoría B, generando un ahorro de casi $30.000 anuales a los usuarios.

Más avances 

En la misma línea del etiquetado, en la categoría de las lavadoras el proceso duró varios años ya que las pruebas resultaban en que las lavadoras más eficientes (que usan menos energía por kg de ropa lavada) lavaban mal.

Profundizando en la causa, el problema era que la carga máxima que informaba el fabricante estaba sobre la carga que permitía hacer un buen lavado.

Hoy, cuando compre una lavadora, la etiqueta de EE no solo le permitirá conocer el consumo real de energía sino también la carga real. Y es así como, gracias a la normativa vigente, tenemos más de 20 artefactos etiquetados, además de vehículos livianos y medianos.

Hace tan solo cinco años, cuando prendíamos una ampolleta, echábamos a andar una cadena de ineficiencias energéticas: generábamos electricidad en una central térmica con 30% de eficiencia y luego usábamos una ampolleta incandescente que destinaba un 10% de la energía para iluminarnos, pues el resto se perdía como calor.

Es decir, por cada 100 unidades de energía que usábamos, menos de 3 terminaban iluminándonos; el resto, se perdía en el proceso.

A partir de una norma que fijó un estándar mínimo de EE, hoy no se comercializan ampolletas incandescentes lo que facilitó la masificación de ampolletas LED, con eficiencias de sobre 90%. Sumado a esto, la electricidad puede generarse en plantas solares o eólicas que usan la energía ilimitada del sol y el viento, lo que permite que pasemos de eficiencias de 3% a 90% para iluminarnos.

Gran oportunidad

La Ley de EE recién aprobada nos permitirá avanzar con aún más fuerza en su desarrollo, pues la institucionalizará como política de Estado; facilitará que las grandes empresas hagan buena gestión de la energía en forma permanente, fomentando el uso de ERNC y la EE; incentivará la llegada de vehículos más eficientes y cero emisiones; entregará información sobre el consumo de energía de la vivienda a quien compre una y; fomentará el buen uso de la energía en el Estado.

Sin embargo, las oportunidades de la EE no se agotan en la ley. Hoy tenemos la gran oportunidad de tener una recuperación más sostenible usando la EE para mejorar nuestra infraestructura existente según las necesidades; mejorar nuestros estándares de productividad, y, finalmente, cambiar paradigmas dando nuevos pasos en nuestra evolución con menores o nulas emisiones, de la mano con la energía, hacia un mejor futuro para las nuevas generaciones.

Fuente: El Mercurio

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